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Resumen
- 09/04/2008 00:40 - LA VIA FEMENINA
LA VIA FEMENINA
La mañana se limpia la cara esperando colonizar nuestros argumentos innecesarios. A la hora prudente de salir el sol algún potentado estará agraviando a alguno de sus consejeros; los gerifaltes recordarán a sus empleadas que son mujeres mientras aguzan el mohín y sopesan sus piernas y sus voluptuosidades para significar su dominio de macho. Me rio del poder, porque en el fondo no es más que la expresión exacerbada de la fragilidad del hombre, y digo bien: hombre. Los que inventaron el poder y las guerras han hecho un flaco favor a la masculinidad, nos arrancaron de la madre sin haber mamado lo suficiente para reconocer los valores de lo femenino. Lo sabemos por referencias, pero la referencia no lleva a ninguna parte por su propio pie. Cuando algo no se conoce y reconoce se entra en competencia sirviéndose de las armas que provee la ignorancia - el entendimiento urgente - como la vulgaridad, el apego, la rudeza, la soberbia, el ninguneo, la intolerancia, la violencia en todas sus sutiles manifiestaciones, en definitiva, la necesidad de imponer un territorio a salvo de intrusos que puedan poner en duda lo que ya dudamos, es decir, quiénes somos. El miedo es una transacción entre el placer y el peso de la realidad. Cuando la realidad se empecina en mostrarnos sus pezuñas entre el barro, el rastro hedónico se abre paso para propiciar la huída fulminante hacia la individualidad, ese arcón donde callamos y guardamos los disfraces usados antes de que se rompan por el desgaste y que nos permite seguir vestidos frente a la desnudez de lo ineludible. Pocas cosas dan tanto miedo al forzudo como descubrir que no lo és. Que la fuerza es otra cosa, que el valor es otra cosa, que la virtud no es un escaparate donde exponer nuestras victorias –quizás, como mucho, las esperanzas – porque no existe la derrota en el logro de vivir. La mujer es fuente de vida, y debe ser por algo más que su respuesta fisiológica, quizás nos precipitamos al limitar su papel en la maternidad y debiéramos continuar naciendo de ella, como ellas hacen. Al fin y al cabo, nunca dejamos de ser niños, y es cuando queremos dejar de serlo que nos convertimos en la imitación de una cosa que no existe y llamamos hombre.
